Mediterráneo



Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa y en la mía, que se parece un poco, pero que nada tiene que ver, porque huele a agua caliente de sal estancada en un rincón del portal de La Boca, en aquella casucha en la que nos mecíamos de la hamaca, con ventiladores y mosquiteros y la tuya huele (a qué huele?) a turista y a Coca Cola abierta, sin gas, al sol. Y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, de quién no debo hablar, porque casi seguro no fui yo el suyo. Pero no eran cañas, era el refugio anti-bombas de la escuela, el aula de piano, la sala Yara.
(Las cañas las cortaba mi abuelo y nos pegábamos todos los chamacos a chupar el manjar aunque se hubiera caído al piso)
Llevo tu luz y tu olor por dondequiera que vaya: por estos lugares tan raros, con gente que no se parece a mi, que nunca va a saber qué es la dentera de mamoncillos. Y amontonado en tu arena llevo amor, juegos y penas porque no me acuerdo y me muevo por ahi como una película mala que todos juran que es buena, anotándome cosas en el cuerpo, para saber de dónde vengo, quién coño soy yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno (no se detiene nunca) que han vertido en ti cien pueblos, el de tu playa y el de la otra playa, el de los Taínos y los Caribes, el de los masones y el de los Aztecas (porque por algún lado también debemos tener catacumbas que se extiendan por todas partes, de Algeciras a Estambul). Y el calor — ah, el calor — con el que se baila en el Itsmo, con el que escribí muchísimas canciones después en ese cuarto de Rohrmoser, pegado al speaker y a la guitarra, para que con calor pintes de azul tus largas noches de invierno. Y aunque no tenga de qué quejarme, me quejo y a fuerza de desventuras, porque en cada persona hay un mundo, caballero, tu alma es profunda y oscura.
A tus atardeceres rojos, bajo la sombra de un volcán en aquella otra ciudad minúscula, me ganó la miopía, el astigmatismo y se acostumbraron mis ojos a la mediocridad, a no tener cine y a robarme por los rincones de los festecunes canciones de Queen y de Aerosmith, que no eran mías pero me recordaban a mi y me fui (me llevaron) a la mole, al caos, y me di cuenta de que pertenecía, como el recodo al camino, y no me gustó. Soy cantor, soy embustero, me gusta el juego y el vino, aunque sea proverbial, me gusta perderme por tus calles, San Jose, por la noche y sentarme con tus mendigos a cantar canciones de Sui Géneris, a colgarme por el portal del Skené, apretujado con una ahi, que no sabe besar, pero besa con muchas ganas.
Pero nada de eso basta.
Quiero más.
Necesito más.
Tengo alma de marinero.
Qué le voy a hacer si yo nací y crecí para esto, para la travesía, para no estarme quieto, para morirme desparramado en un barco en el Mediterraneo o llegar y sentar cabeza y dar luz a las gallegas.
Y si en algo te pareces a mi, te acercas y te vas después de besar mi aldea que, ya lo diría Efraín, en esas clases de Historia del Arte "es una pequeña aldea dentro de la gran aldea", pero coño es mi aldea, carajo.
(Pero es en realidad mi aldea?)
Si llevo toda la vida jugando con la marea. Si te pareces a mi lo vez como un chiste, eso de pertenecer, te vas pensando en volver y no vuelves (yo no he vuelto nunca, probablemente no vuelva más) pero todos los años dices que este si, este año si regresas y le das un repaso a tu niñez, eres como una mujer perfumadita de brea, escurridiza, resbaladiza, peligrosa, que se añora y que se quiere, que se conoce y se teme porque nada es más temible que darse de bruces con uno mismo. Hitler decía que la clase alta no tiene nada que temerle a la clase baja porque la diferencia es abismal, pero le tiene horror a la clase media por sus similitudes — o algo asi, aprenderse lo que pensaba Hitler es taboo y por estos lugares te linchan, te apabullan o como mínimo te condenan por menos que eso.
Pero si un día, para mi mal, viene a buscarme la Parca y sufro una muerte estúpida de esas que no tienen sentido. Y digo sufro con el ancho significado de la palabra, porque algo tiene que significar todo esto, toda esta bola de años, esa tonga de canciones y de mosquiteros tiene que desembocar en algún lado en el que haber existido no sea tan vano, en el que tu playa y mi playa se encuentren un poco, empujad al mar mi barca, con mis canciones, mis hallazgos, este blog, el otro, como si fuera un vikingo, prendedle fuego, pues, que debe encontrar un final tan absurdo como el mío y a mi enterradme sin duelo, profano, sin exceso pero nunca abstemio, entre la playa y el cielo.
En el mejor de los casos alguien dirá por ahi, en la ladera de un monte, que existió (qué es eso?) un hombre más alto que el horizonte, que (como lo quiero) quiso tener buena vista y entenderse y entenderte, aunque no lo haya logrado nunca. Llenará mi memoria de lugares comunes, mi cuerpo de exageraciones: será el camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista.
Pero por ahora sigo pensando en La Boca, en el olor a agua caliente (hay renacuajos por ahi también) en la textura de esa roca de la que nos tirábamos al agua, aun cuando se hacía de noche, en estar cerca del mar, que se llevó mi juguete y lloré, cómo lloré porque yo presentí que también nací para caerme de un barco en plena travesía hacia ningún lugar, sin saber dónde parar ni de donde se viene, para que mis hermanos me lloraran, en el Mediterraneo.

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