Orlando



"Siempre que un hombre le pega a otro hombre
no es al cuerpo al que le quiere dar.
En ese puño va el odio a una idea
que lo agrede, que lo hace cambiar."

— Silvio Rodriguez

Son las diez y quince de la noche. Hemos dejado a Maya con sus abuelos esta noche. Nosotros, que somos viejos de alma, nos aventuramos a salir de paseo. Quedamos en encontrarnos con unos amigos (de ella, yo aun no los conozco) y me preocupa que se nos haya pasado la mano con la hora. Manejamos hasta San Francisco, que es donde pasa todo y los recogemos. Ellos acaban de llegar a la ciudad y hablamos de los precios (claro), de los trabajos, de emigrar y de cómo nos gusta vivir aqui.
Estamos cerca del Castro, el vecindario donde Harvey Milk alguna vez se paseara sin vergüenza alguna y se los restregara a todos en la cara. Esto es lo que más me gusta de San Francisco, la ilusión de que todo se vale, en todos lados. Así que entramos a un restaurante, cenamos, entramos en confianza.
Haciendo un abuso de nuestra juventud, seguimos paseando aun después de la comida. Entramos a una tienda para adultos, llena de penes plásticos, vídeos y artefactos. << Yo me voy imaginando una noche en el Korova Milk Bar, bebiendo Moloko vellocet, en decadencia total >> Es obvio que no vamos a comprar nada, en cambio nos reímos como colegiales de todo lo que encontramos. El dueño de la tienda decide retarnos y llega a explicar cómo se usa cada una de las cosas que agarramos (y para qué). Yo le sigo el juego, ellos también, hacemos más preguntas: y esto qué es? Nos caemos bien, el tipo es simpático y muy deshinibido, nos cuenta de sus experiencias y de sus gustos. Nosotros nos asomamos a su vida privada y a veces reímos, a veces asentimos gravemente.
Nos vamos. Estamos en una calle llena de clubs oscuros, hasta el tope de gente sin camisa (y hace frío), pantalones apretados, plumas, cuero, pañuelos e incapaces de estarse quietos. Bailan en las filas. Bailan sobre sus tacones, sin música.
No podemos resistir asomarnos al bacanal y entramos al club que menos fila tiene.
Sobre el bar hay un tipo bailando sin camisa, con pantaloncillos de cuero, muy apretados y una gorra de conductor de trenes. Frente a él hay dos hombres que a veces se encorvan sobre sus tragos y a veces se sacan dos o tres dólares del bolsillo y se los restriegan al bailarín. Ahora nos estamos probando a nosotros mismos que somos tipos sin complejos y sin tabúes. Me acerco a la barra y pido cuatro cervezas.
— Cash only — grita el tipo en calzoncillos que esta sirviendo los tragos — there's an ATM in the back.
Me abro camino hasta la parte de atrás sorteando abrazos, besos, escarcha y cuerpos sudados para regresar después con efectivo. Pago. 4 cervezas. Las tomamos lentamente. Todo esta bien.
La música ha parado y el tipo que bailaba se ha bajado. Esta en su descanso y sin más llega a conversar con nosotros. Nos da abrazos a todos. Habla mucho con mi esposa (la habíamos retado a que le pusiera un dólar antes y ella aceptó el reto). Él es boxeador, tiene un niño de 3 años. Yo le enseño una foto de Maya. Cute, dice. Es más findingo cuando no esta trepado bailando. Asi estamos un rato hasta que decidimos que se ha hecho tarde. Nos despedimos y nos vamos.
Llegamos al apartamento sintiéndonos bien, qué noche tan rara, eh? Mi teléfono vibra.
— Otro tiroteo, coño!
— Cuántos ahora? — ella quiere decir, cuántos muertos?
— Demasiados.
En este mismo momento, en Orlando, hay cuarenta y nueve personas acostadas sobre un charco de sangre porque otro tipo entró, como un turista, repartiendo bala. Quizá en ese club también repartieron dólares a bailarines, también había gente que entro por azar, también los mandaron a buscar efectivo a ciegas, con retos, con risas y con ligereza. Gente que nunca hace esto y ahora esta por siempre haciendo esto y nada más que esto.
En los dias que siguen, se riegan sus caras, sus historias. Volvemos a tener las mismas conversaciones, las mismas peleas en Facebook. Nos ponemos bravos, desfilamos por las calles, tratamos de engendrar cambio. Abracen a sus hijos!
Yo hablaré después con mi amigo en Sydney, haciéndole mas o menos este relato y él me dirá que lo vio en las noticias, que lo siente, que tan cerca de casa! Yo soltaré un suspiro raro sin saber qué contestar. Yo también lo siento, pero y qué? De quién es la culpa esta vez? Qué es lo que hay que sentir? Rabia? Tristeza? Frustración? Apatía? Nada?
Nada.
Cambiaremos nuestras caras en Facebook. En el desfile haremos un momento de silencio y seguimos. Hay que seguir. Porque la calle sigue llena de gente haciendo cola, incapaz de quedarse quieta, bailando.

Comentarios

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